La alondra ricotí (Chersophilus duponti) es, quizá, el símbolo más delicado y singular de la fauna de Bordecorex. Es un ave esquiva, de plumaje discreto y hábitos casi invisibles, que habita los páramos abiertos y los tomillares ralos donde el silencio pesa tanto como el viento. Más fácil de oír que de ver, su canto profundo y melancólico emerge al amanecer o al caer la tarde, como un eco antiguo del paisaje. Su presencia es un indicador de la buena salud de estos ecosistemas esteparios, cada vez más escasos, y convierte a Bordecorex en un enclave de gran valor natural para la conservación de esta especie emblemática y amenazada.

El corzo (Capreolus capreolus), por su parte, representa la cara más visible y dinámica de la fauna local. Elegante y sigiloso, se mueve entre los encinares, sabinares y zonas de matorral, aprovechando los claros y los lindes entre cultivos y monte. Al amanecer o al atardecer no es raro sorprenderlo cruzando un camino o asomando entre la vegetación, siempre atento y listo para desaparecer en un instante. Su expansión en la zona refleja la recuperación de los espacios naturales y la capacidad de Bordecorex para albergar grandes mamíferos en equilibrio con el entorno humano.

Junto a estas dos especies destacan otras que completan el mosaico faunístico del territorio, como el zorro, el jabalí o el conejo, pieza clave de la cadena trófica, así como aves rapaces que sobrevuelan los páramos, entre ellas el águila real y el buitre leonado, cuya silueta recortada sobre el cielo subraya el carácter agreste y abierto del paisaje. Todas ellas conforman una fauna diversa y valiosa, profundamente ligada a la identidad natural de Bordecorex.